Legend, el montaje del director: Muerte de un unicornio

Me resultaba imposible no sentir curiosidad por Legend, la película de fantasía que el señor Ridley Scott dirigió tras dos obras maestras incontestables del cine: Alien, el octavo pasajero y Blade Runner. Hoy ha sido el día en el que he decidido verla. Error fatal.
Los primeros minutos son misteriosos. Se nos presenta a un primo critter de Pinocho recibiendo un encargo del señor de la oscuridad: Cargarse a un par de unicornios. Tras esa introducción, Scott nos traslada a un mundo de fantasía plagado de flores, un paraíso, excepto para los que como yo sois alérgicos al polen. Y en ese contexto conocemos a los protagonistas, una princesa cursi (Mia Sara) y Tom Cruise, que a pesar de su juventud en esta película está más mayor que en Al filo del mañana. Se ve que duerme en una lata de conservas.
El resto es un auténtico tripi. Unicornios magreándose, chirriantes hadas, cantos que incitan al sueño, insoportables gnomos, noñería desatada, uso y abuso del slow motion, vergüenza ajena… Tuve que parar la película varias veces para ir al WC a vomitar un arco iris. A mi que no me muestren unicornios en el cine si no el para meterle el cuerno por el culo a alguien (véase The cabin in the Woods).

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Se ve que Scott intentó hacer la mejor película de fantasía familiar de todos los tiempos, pero olvidó apoyarse en un buen guión. Puso la fuerza en el preciosismo, y dejó de lado la coherencia. En ocasiones parece una película conceptual. Uno de sus problemas es la trama romántica. Siempre tiene que haber una fase previa que justifique el amor para poder empatizar. No existe en el caso del joven Jack y la princesa, por lo que todo queda extremadamente forzado. El diablo que encarna Tim Curry tiene una gran fuerza en pantalla, pero tarda 75 minutos de metraje en aparecer, cuando ya es demasiado tarde. Sin duda es el icono de la película, lástima que se quede más en un “lo que pudo ser”. Aun así el diseño de personaje es excelente, un símbolo heavy que más de uno tiene tatuado en el cuerpo.
La dirección artística bebe de la adulta Excalibur, que John Boorman dirigió en 1981. Como en ella, todos los elementos de la escena brillan (en sentido literal), pero el resultado está a años luz de la excelente película de Boorman. Tampoco ayuda la partitura de Jerry Goldsmith, que carece de la grandeza de otras bandas sonoras del género, como la de Willow, de la que hablaremos en próximos artículos.

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Me queda la duda de saber si hice bien en decantarme por el montaje del director, que cuenta con 25 minutos más que la original (115 frente a 90), que puedo intuir que son 25 minutos más de aburrimiento. El motivo de elegir el montaje de Scott fue haber visto su edición de El reino de los cielos, muy superior a la versión que se estrenó en salas comerciales. Me da a mí que este no es el caso, porque me cuesta creer que la versión europea puede ser peor. Nos queda saber que se le pasó por la cabeza al amigo Ridley para pasar de Alien y Blade runner a este bodrio que no salva ni un domingo tarde. Quizá al séptimo día simplemente descansó.

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