Making a murderer (T1): La oveja negra de Wisconsin

Qué el éxito de Netflix no es casual lo demuestran productos como Making a murderer, serie documental que recrea el caso del pueblo de Manitowoc (Wisconsin) contra Stephen Avery, un vecino poco integrado en la comunidad. Diez episodios que nos harán replantearnos el funcionamiento de la justicia gracias a una minuciosa recopilación de información montada con tintes de thriller. En ausencia de adaptaciones de John Grisham lo mejor que podemos hacer es recurrir a la cruda realidad.

A partir de aquí va la primera recomendación. ¡No busques información sobre el caso real! No necesitas saber nada. De este modo obtendrás los asientos de primera fila de esta montaña rusa de acontecimientos. Tras el interesante piloto llegué a pensar que el caso ya estaba contado, y resulta que solo acababa de empezar. Con el paso de los capítulos lo interesante se torna en apasionante. Hacía tiempo que no me enganchaba tanto a una serie.

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Quizá no estemos ante un producto para todos los públicos. Aquí no hay gente guapa ni personajes carismáticos. Tampoco encontramos bellos paisajes. Estamos en la América profunda y la protagonista es la investigación. Desconocemos como se ha llevado a cabo la labor de recopilación de información, pero el trabajo de las realizadoras Laura Ricciardi y Moira Demos es sencillamente deslumbrante. No falta un audio, una declaración, un testimonio, una llamada clave. Da la impresión de que todo está ahí.

Además la serie ha conseguido traspasar las barreras del consumidor de documentales hasta el gran público. El éxito de sus diez episodios ha dejado una fuerte resaca en la sociedad americana. El caso de Making a murderer deja en ropa interior a un sistema judicial que presume de no tener parangón en el planeta. Una vez más, la (supuesta) primera potencia mundial queda muy tocada.

Solo me queda recomendaros la que ya es una de las mejores series de los últimos años. Que no os eche para atrás la etiqueta de documental, Making a murderer es una serie de primera división. Y adictiva como pocas. Una de juicios, a mi juicio, imprescindible. Para muestra su intro:

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Un monstruo viene a verme: Solo el buen cine emociona

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Lo último de Bayona lo tenía todo para no gustarme:

  • Película con niño. Los niños en el cine me chirrían, a no ser que exploten la vena de hijoputismo, como en El pueblo de los malditos, ¿Quién puede matar a un niño? o Edén Lake.
  • Siempre critico la búsqueda de la lágrima en el cine. Esto es lo que escribí sobre por ejemplo The imitación game: “Puede que la partitura de Alexandre Desplat no esté mal, pero estamos ante una de esas músicas que intentan guiar todo sentimiento. Imagino a los montadores diciendo… “Mete ese pasaje aquí que el espectador tiene que llorar”. Curiosamente a mi me pasa al revés. Cuando se pretende emocionar con música de llorar me acuerdo de que estoy viendo una película, lo que me descentra totalmente”.
  • Los dramas me dan ‘patrás’. Casi tanto como las películas románticas.
  • El bombardeo de imágenes en la promoción ha sido continúo. A veces en el cine hay sensación de Deja Vu en cada escena con tanta promo. Ya pasó con Ocho apellidos vascos.
  • La acogida en el Zinemaldia fue bastante tibia entre la crítica especializada.
  • La mitificación que la prensa hace de Bayona, un director que solo cuenta con dos películas hasta la fecha: El orfanato y Lo imposible. La primera demostró que había talento. La segunda mostró una gran técnica y optimización de recursos, pero su drama no consiguió traspasarme.

A la mierda, Un monstruo viene a verme me ha encantado. Y sí, he llorado (Y no soy nada de llorar), tanto que la muerte de Mufasa al lado puede considerarse un sketch de Martes y trece. El monstruo ha conseguido derribar todos mis prejuicios con una receta que nunca falla: Buen cine. El resto lo hace J.A. Bayona con ideas claras y una dirección magistral.

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No os fiéis de los que hablan de la película como una copia mala de El laberinto del fauno. La película de Del Toro es digna de recordar, pero no olvidemos que Bayona lo que ha intentando es adaptar lo mejor posible el libro A monster calls de Patrick Ness, que además es guionista de la película. El mundo interior como vía de escape es un tema recurrente en la historia del cine, pero pocas veces ha alcanzado la perfección técnica y artística que muestra Un monstruo viene a verme.

En el apartado interpretativo sorprende lo bien que el joven Lewis MacDougall aguanta los primeros planos. A la Weaver le basta con su presencia para bordar el personaje de severa abuela. Aunque lo mejor de la función es sin duda el monstruo, que en la versión original cuenta con la poderosa voz de Liam Neeson. Debería haber una categoría especial en los premios para este tipo de criaturas. De ese modo este monstruo seguramente se haría con la estatuilla.

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Siempre critico el uso de la música para enfatizar la emoción, pero en esta ocasión se me hace difícil ante la bellísima partitura del getxotarra Fernando Velazquez, al que le bastan un par de teclas de piano para transmitir. Otra categoría que debería llevarse la nominación al Oscar. Y no la única. Película, dirección, dirección artística, efectos especiales y banda sonora merecen ser finalistas en la lucha por la estatuilla.

No solo hay pasión por la historia que se cuenta, hay pasión por el cine, por el arte en general. Ese proyector tan de Cinema Paradiso, las imágenes de King Kong, ese tejo que parece estar sacado del bosque de La princesa Mononoke, el preciosista uso de la animación… Lo de Bayona es amor por el cine. Además la película hace creer en el cine como terapia. Para muchos, casi para todos, es un reencuentro con el dolor. Es difícil no relacionar las situaciones del joven protagonista con nuestra propia vida. Pero a pesar de las lágrimas, este monstruo tiene un elemento cicatrizante: Se llama esperanza. Si desficcionamos un poco (No, no se si existe la palabra desficcionar) veremos a las personas que de modo imperativo nos ayudaron a salir de las arenas movedizas. El mensaje es tan antiguo como el mundo: Siempre hay que levantarse.

El hombre de las mil caras: Luis Roldán, contigo empezó todo

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El escándalo Roldán es uno de mis primeros recuerdos informativos relacionados con la lacra de la corrupción. Su nombre se repetía en el telediario, pero mi juventud me impedía saber que había detrás de ese señor calvo. Aún así tenía claro que no era el que salía en el envase del limpiasuelos. Igualmente sabía que Vera y Barrionuevo no eran una pareja de cómicos, o que Mario Conde más bien debió apellidarse Esconde (El dinero).

La sociedad dormía plácidamente pensando que casos como éste no eran más que excepciones de un sistema en el que de vez en cuando se colaba algún personaje de la picaresca española. Pocos sabían que en silencio se construían los cimientos de una organización criminal que se hacía fuerte aprovechando los mecanismos del poder político. Solo hay que echar un vistazo a la prensa para comprobar que esa organización ha perdurado hasta nuestros días. Lo peor de todo es que España la sigue legitimándolo en las urnas, como si fuera una representación de nuestra propia naturaleza.

Como veis, no son pocas las reflexiones que dejará El hombre de las mil caras, el filme que aporta elementos de ficción a la fuga que articuló Roldán con ayuda del espía Francisco Paesa. Pero hablemos de cine, que eso va este blog (cuando no me voy por la ramas).

Una frase en mi mente al terminar el metraje: “Alberto Rodriguez ya es uno de los grandes del cine español”. Y es que a pesar del gran nivel que muestran los actores, en especial Eduard Fernandez, en este filme el director es la estrella. Recuerdo leer le noticia de que Rodriguez había optado por este proyecto y pensar en su osadía y en la tremenda hostia que podía pegarse ante la dificultad del material. Hoy solo reitero lo de valiente, porque Rodriguez lo ha vuelto a hacer. Hay thriller, hay cine negro, hay cine de espías… pero sobre todo hay buen cine.

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El guión, del propio Rodriguez y Rafael Cobos, es otro de los puntos fuertes. Era demasiado fácil caer en el amarillismo o en la crítica implícita, pero la película evita pararse a juzgar o revolcarse en el lodo del escándalo. También funcionan a la perfección la (de nuevo) excelsa fotografía de Álex Catalán y la magnífica banda sonora de Julio De la Rosa. Si eres bebedor ocasional de Jaggermeister has de saber que la película incluye además la escena más lúcida sobre los efectos del licor alemán en el corto plazo.

Durante el visionado me han venido a la cabeza dos títulos cercanos a este hombre de las mil caras: La compleja El topo, de Tomas Alfredson, y Munich de Steven Spielberg, uno de los mejores títulos de su filmografía reciente.

Da gusto ver que el cine español se atreve con la historia reciente. La Gürtel, Marbella, la Operación Puerto… Hay material de sobra en este sistema putrefacto. Y Alberto Rodriguez demuestra una vez más que también hay talento. Por lo pronto, se intuyen no pocas nominaciones a los Goya.