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Alien Covenant: Apocalipsis antes del Génesis

Pocas películas han despertado en los últimos años tantas filias y fobias como Prometheus. A mi personalmente me encantó el regreso de Ridley Scott al universo del xenomorfo. Prometheus no solo mostraba ese miedo a lo desconocido tan de la saga Alien. Se atrevía con una vuelta de tuerca que ponía en contacto al ser humano con sus creadores.

Revisionando Prometheus esta semana me di cuenta de la verdadera cuestión que abarcaba la película: El inevitable choque entre el creador y su creación. Pusimos el foco en los seres humanos y los misteriosos arquitectos, pero descuidamos que David, el sintético que interpreta Michael Fassbender, era también una creación, en este caso humana. Precisamente en ese punto empieza Alien: Covenant, con una conversación en flashback entre Peter Weyland (Creador) y David (Creación).

Los que esperaban un falso remake del Alien original, al estilo de Jurassic World o El despertar de la fuerza, pueden estar tranquilos. Hay más elementos de Alien: El octavo pasajero que en su predecesora, pero podemos decir que Covenant tiene un 50% de Alien y otro 50% de la metafísica de Prometheus. Los primeros acordes de la banda sonora de Jed Kurzel evocan a la partitura que Jerry Goldsmith compuso en 1979. El espíritu inicial está de vuelta, pero a diferencia del clásico, hay algo más que ‘La mujer y el monstruo’.

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Estamos ante una película ciertamente irregular. Empieza bien, pero Scott se toma su tiempo en el nudo para subrayar algunas lineas. Sin desvelar nada, diré que sobra alguna clase de flauta que otra en la parte central. Quizá el mayor problema de Covenant es que Scott ha cedido ante los que pedían más criaturas que en Prometheus. Si por algo se ha caracterizado la saga es por esa sensación de no saber por donde te va a aparecer el xenomorfo. Si viene de arriba, de abajo, de dentro, de fuera… En ese sentido Scott peca de querer contentar a los fans, o al estudio, y mostrar demasiado al bicho. Aunque hay que reconocer que los highlights de la saga no fallan.

Por suerte, Scott lo compensa con un gran prólogo, un intenso climax y un gran cierre. Al final la película pasa volando. Tenía muchas dudas con la elección de Katherine Waterston en el papel protagonista, la nueva ‘Ripley’, que toma el relevo de personajes femeninos fuertes que ya encarnaron en la saga Sigourney Weaver y Noomi Rapace. Pero la protagonista de Animales Fantásticos y Donde encontrarlos demuestra estar a la altura de las circunstancias. Aunque una vez más, el gran protagonista acaba siendo un Michael Fassbender que se come la pantalla.

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Intuímos que a Covenant no le vendrá mal un futuro revisonado, porque la película está plagada de referencias. La biblia, El paraíso perdido de Milton, Lord Byron, el mito de Prometeo, Frankenstein (Cuyo nombre original era Frankenstein o el moderno Prometeo), el soneto soneto Ozymandias de Percy Bysshe Shelley, Richard Wagner… Claves que esconden otras claves. Claves que conectan con algunos misterios sin resolver. Un ejemplo, ¿Sabías que Lord Byron murió desangrado a causa de las sanguijuelas que le pusieron alrededor del cuerpo para curar una fiebre? Nada es casual. Y esto ya es mucho más de lo que ofrece cualquier blockbuster. En ese sentido, Scott demuestra que sigue siendo un autor.

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Al acabar la película uno se queda con ganas de más, y eso siempre es una gran señal. Cruzamos los dedos para que la película funcione en la taquilla americana y podamos tener universo Alien para rato.

My father die: El salvaje Mississippi

Sean Brosnan, hijo de Pierce Brosnan, ha sido reconocido con el Premio FANTrobia de la 23ª edición del FANT. Se trata de un galardón dirigido a jóvenes promesas del Cine Fantástico y de Terror. Tras ver My father die, su primer largo como director, entendemos los motivos de esta decisión.

¿De qué va? La película cuenta la historia de Asher, un joven sordomudo traumatizado por la muerte de su hermano a manos de su padre. Cuando el parricida abandona prisión, Asher decide que ha llegado el momento de la venganza.

Brosnan deja claro desde la introducción que vamos a ver una cinta potente y sin compasión. Los primeros minutos nos muestran la brutal muerte del hermano, con voz en off y un gran uso del blanco y negro. Una gran intro que nos sirve para adentrarnos en la América profunda y salvaje que Brosnan quiere mostrarnos. Una América a orillas del Mississippi en el que no hay lugar para la piedad.

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La violencia es una constante durante todo el metraje. A Brosnan le ha salido una ópera prima muy tarantiniana, aunque con bastante menos verborrea. En el reparto destaca Gary Stretch, que encarna al despiado padre de familia. El personaje es una nueva visión del Schwarzenegger de la primera entrega de Terminator.

La cruedad del filme está aderezada en todo momento por un acertado uso del humor negro. La excelente fotografía y una acertadísima selección musical consiguen que la película brille formalmente.

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No sabemos a ciencia cierta si este My father die tiene doble lectura, pero la película resulta una manera brillante de quitarse esa etiqueta de “hijo de…” que en ocasiones lastra algunas carreras. Aunque el bueno de Pierce figura en los créditos como uno de los productores del filme.

La película ha sido una de las sorpresas de este FANT. Un gran debut en el mundo del largo para Brosnan. Estamos seguros de que tras este debut indie, los grandes estudios llamarán a su puerta.

 

 

Assassin’s Creed: Videojuego en Sevilla, ninguna maravilla

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Es un poco triste tener que abrir un artículo con un tópico, pero Assassin’s Creed confirma de nuevo que el salto a la pantalla de los videojuegos suele ser un salto al vacío que casi siempre acaba en hostiazo. Y eso que daba la impresión de que esta vez la cosa podía funcionar. El director Justin Kurzel repetía con Michael Fassbender y Marion Cotillard, con los que acababa de trabajar en su reciente adaptación de Macbeth. Parecía que el estudio no quería renunciar a intentar hacer algo más que un producto, y tras ver la película, ese intento de dignificar la película es quizá lo que ha terminado de hundirla.

En Assasin’s Creed un condenado a muerte se libra de la ejecución a cambio de participar en un programa que pretende recuperar la manzana mordida de Eva, una reliquia que puede hacer que la violencia desaparezca de la sociedad. La acción se desarrolla a caballo entre el presente y la España de 1492.

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Tras unas intrigantes y prometedoras escenas iniciales todo se viene abajo rápidamente. Ese continuo juego presente-pasado provoca que nunca nos acabemos de trasladarnos a ninguna de las dos épocas. El vehículo que utiliza la película para hacer el viaje se denomina el ‘Animus’, una evolución tecnológica capaz de viajar a los recuerdos. Las escenas de Fassbender en el presente y de Aguilar, su antepasado español, son lo peor de la película. Justo cuando parecemos estar ante la inquisición volvemos adelante para ver como Fassbender sufre jugando a una especie de Wii extrema.

Kurzel se empeña en darle trascendencia a lo que en realidad es poco más que una película de hostias, y el interés cae en picado con el paso del metraje. Llega un momento en el que ya no sabes si estas viendo El código Da Vinci, La Isla, El Ministerio del tiempo o Aguila roja. Las interpretaciones no ayudan. Fassbender y Cotillard están peor que nunca. Uno se pregunta quién les convenció para meterse en este jardín, y todo indica que la respuesta tiene unos cuantos ceros.

Estamos ante una película que ni siquiera agradará a los ultras de la saga de la videoconsolas. Asassin’s Creed no es solo decepcionante, también es muy mala. De momento la única adaptación potable de un videojuego sigue siendo la de Silent Hill. ‘El caballero oscuro’ de este subgénero aún está por venir.

 

El bar: La cara B de España

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De la iglesia se ha convertido con el tiempo en un género en si mismo. Todas sus películas se presentan como comedias, pero casi ninguna lo es como tal. Todas parecen thrillers, pero casi ninguna lo es. Todas parecen de género fantástico, pero casi ninguna lo es. No es excepción El bar, que aún estando lejos de sus mejores obras, cumple los mínimos de un director que rara vez baja del seis.

La película cuenta la historia de un grupo de personas que coincide por azar en una taberna. Situación cotidiana de no ser por el disparo en la cabeza que recibe uno de los clientes al salir del local. A partir de ahí, los desconocidos comenzarán un encierro que les llevara al límite.

El bar tiene las virtudes y defectos de las últimas películas del director: Un comienzo espectacular y una ligera caída hacia el final. En esta ocasión se debe a que el guión que firma Jorge Guerricaechevarría junto al propio director no está a la altura de la brillante puesta en escena. Por suerte esto no afecta al entretenimiento. El bar dura en un suspiro, y la experiencia merece la pena. En parte gracias a ese bar que es visita ineludible en Madrid, el mítico Palentino de la Calle Pez, en Malasaña. Escenario ideal para que el apocalipsis resulte cotidiano.

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Los actores habituales de la última etapa del director responden una vez más. En especial los polos más extremos de la función: ‘El mendigo’ encarnado por Jaime Ordoñez y ‘la pija’ que interpreta Blanca Suarez, quizá los dos personajes más jugosos y mejor defendidos.

De la Iglesia no desaprovecha la ocasión de mostrarnos a la España en B, una España que se ha desarrollado ‘bajo manta’ mientras celebraba el gol de Iniesta. Una España regida por trileros y una población jugadora que acepta la estafa en cada partido, todo esto patrocinado por el cuarto poder, incapaz de denunciar la trampa. Y lo peor es que los que pillan el juego se acaban matando entre ellos. Si no sabéis de lo que hablo preguntarle a Iglesias o Errejón, o preguntar por los idus de marzo del PSOE. El bar es una gran metáfora de nuestro tiempo.

 

 

En Spoiler (Deja de leer aquí si no lo has visto)

El cine español ha perdido una oportunidad de oro de entrar en el terreno de la ‘falsecuela’: Película que se presenta como un estreno independiente, pero que acaba encajando en otra saga sin marketing ni aviso previo), el trampantojo hecho cine. Digo esto porque la película de Álex encajaría como un guante como una historia enlazada al universo cinematográfico de REC.

Logan: Slow food para la última cena mutante

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Reconozco la valentía de la pareja Hugh Jackman-James Mangold al intentar darle un final digno a uno de los grandes personajes del cine de superhéroes. Tras dos spin-offs insatisfactorios, Logan no solo pone fin al más célebre personaje de la Patrulla X, también despide a la primera generación cinematográfica de mutantes. La apuesta de Mangold era dejar de lado el fast-food cinema para hacer una pellicula más pausada, más íntima, con sabor a western crepuscular. Algo más que la habitual empanadilla de hostias. El director sacrifica acción poniendo corazón, y en parte funciona. La pena es que al resultado final le falta cabeza.

La acción nos sitúa en un futuro incierto en el que los mutantes se encuentran en peligro de extinción. En ese contexto, un Lobezno alcohólico y desmejorado parece haber olvidado su pasado mutante. Alguien se cruzará en su camino para encomendarlo una último misión.

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La película se alimenta de algunos de los grandes títulos de los últimos años. La relación Logan-Laura recuerda a la que mantuvieron en los 90 Arnold Schwarzenagger y Edward Furlong en Terminator 2, y los enemigos del filme parecen lanzados por Skynet.  La búsqueda de la tierra prometida y algunas escenas en vehículo nos llevan a Mad Max: Furia en la carretera. También está presente el terror fronterizo de No es país para viejos. Y no nos olvidamos de las series. La película parece en ocasiones pariente de Stranger Things. Los paralelismos entre Once y Laura son evidentes, al igual que los de sus lugares de origen.

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Logan es además un gran espectáculo interpretativo. Jackman rinde a gran altura. Hugh Jackman es Lobezno, y Lobezno es Hugh Jackman. Por muchos Lobeznos que veamos en el futuro nunca habrá debate. No habrá uno mejor. Si los premios consideraran este género, Hugh Jackman sería una de los cinco candidatos finales al próximo Oscar. No se queda atrás Patrick Stewart, que encarna a un profesor Xavier entrado en la noventena y con importantes problemas de salud.

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A pesar de las virtudes, los problemas de Logan son evidentes. El principal sus 135 minutos de duración, que se hacen largos ante el vacío de acontecimientos en algunas partes. A eso hay que sumar un guión nunca está a la altura de la estética. Vemos el ocaso del héroe, pero en ocasiones falta un porqué. La película avanza con claros acelerones y frenazos. Nunca encuentra su ritmo. Por suerte, su antológico plano final y el Hurt de Johnny Cash en los créditos elevan un escalón la calidad de la película.

Estamos ante una película para devotos del personaje que gustará a muchos cinéfilos ajenos al género, pero que decepcionará a los que busquen la película definitiva de los X Men. Al menos en esta ocasión hay amputaciones sin censura Made in Lobezno. Decepcionante, pero Logan no es ni mucho menos una mala película.

 

 

Que Dios nos perdone: Madrid bajo el terror del Follaviejas

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La segunda película de Rodrigo Sorogoyen (Stockholm) alcanza de forma instantánea el Olimpo del Thriller español. Estamos ante uno de los mejores filmes de la caza del spanish serial killer. El tiempo la pondrá en su lugar, si no lo ha hecho ya.

La película nos traslada al Madrid 2011, un Madrid difunto de las Olimpiadas en el que el 15M y la visita de Benedicto Equis Uve Palito manchan de tinta los periódicos. En ese contexto, dos peculiares policías investigan la muerte violenta de varias ancianas.

Hay dos influencias claras en Que Dios nos perdone. Por un lado encontramos ecos del thriller Fincheriano, por otro encontramos un tono cercano al del thriller coreano. El éxito de Sorogoyen radica en beneficiarse de elementos conocidos para reinventar el thriller castizo. El resultado esta lejos del thriller de pura influencia americana de Daniel Monzón. La película es española, muy española, y madrileña más concretamente. La ciudad se presenta como un personaje más de la trama. Una gran recreación del sofocante julio madrileño, con tanto acierto como el desgarrador madrid estival del Barrio de León de Aranoa.

Y todo esto dando total protagonismo a los personajes, defendidos extraordinariamente por todo el reparto. Antonio De la Torre consigue en la película algo muy complicado: Que a pesar de ser Antonio De la Torre veamos a su personaje, el tartamudo Velarde. Un investigador de nivel, parco en palabras, y con un auténtico infierno interior. Brilla a la misma altura un desatado Roberto Álamo, convertido en un colérico policía que se sitúa en la frontera entre John Mclane y Jose Luis Torrente.

Que Dios nos perdone PELICULA

Quizá lo peor del filme sean sus últimos minutos. Si bien responden a una lógica, no están a la altura del potentísimo resto del metraje. Por suerte, predomina lo notable, como esa realización trepidante cámara en mano que incorpora realidad al resultado final.

Que Dios nos perdone confirma el gran momento del thriller español, gracias a las recientes El hombre de las mil caras o Tarde para la ira, que se suman a títulos aventajados como Tesis o La Isla mínima. Empezaba a ser hora de que el cine español dejara atrás el drama o la comedia.

 

Rogue one: Una historia de Star Wars. Cuando la fuerza no acompaña

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“Pium pium pium pium”. Así podríamos resumir Rogue one, la última excusa de Disney para seguir recaudando fondos para la causa galáctica. Que podamos abreviar una película con cuatro onomatopeyas no es algo precisamente bueno.

La película nos sitúa entre los episodios III y IV, una dura época en la que el imperio campa a sus anchas y los Jedi son solo un mito. La resistencia, en horas bajas, intentará dar un golpe maestro al enemigo: Robar los planos de su gran amenaza, la Estrella de la muerte. Lo se, pintaba genial. Lástima que un guión ridículo, un áspero tono y una dirección mediocre reduzcan todo a polvo estelar.

El gran problema de Rogue one es que todo sucede porque sí, porque me da la gana. Imagino a los responsables de la película en un despacho al grito de “Da igual que no tenga lógica, lo importante es llenar el hueco entre episodios”. Todo parece metido con un gran calzador galáctico. Las soluciones de la película son siempre ridículas (El momento interruptor o lo de Estrellita rozan la vergüenza ajena).

Si algo caracteriza a Star Wars es que los conflictos están tan bien marcados que se podrían representar en el escenario de un teatro sin necesidad de efectos especiales. Algunos pasajes de la saga parecen salidos de la pluma de William Shakespeare. Rogue one es la antítesis de esa esencia.

Los actores consiguen lo que pocos podían pensar: Que un droide del imperio reprogramado les barra en carisma. Hasta un personaje del nivel de Darth Vader parece fuera de lugar. Con la protagonista (Jyn Erso) han querido repetir la jugada de ‘Rey’, pero no les ha salido. Show Guerrera, Cassian Andor, Chirrut Îmwe o Baze Malbus (Ríete tú de Jar Jar Binks) son mera comparsa. Eliminadles en un remontaje mental y veréis que ninguno era necesario. Lo que si consigue dar el pego son las resurrecciones digitales de algunos personajes, que encajan extrañamente, pero encajan.

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Uno de los gran temores era que Disney redujera la película a un “Canta con nosotros”, pero por suerte o desgracia Rogue one no es una película para niños. Una nueva esperanza enamoró a toda una generación, pero no ocurrirá lo mismo con esta ensaimada de disparos que queda lejos de resultar simpática. Agradecemos que Gareth Edwards haya pasado de no meter ni un solo gag en su infumable versión de Godzilla a los tres de Rogue one. De rescatar algo podríamos rescatar el climax final, un desenlace que hace que nos preguntemos si los 100 minutos anteriores eran estrictamente necesarios. Hasta ahora pensábamos que la saga solo nos presentaba un planeta si era fundamental en la trama. En Rogue One visitamos quince sin justificación aparente. En conclusión, con un mediometraje de conexión hubiéramos tenido más que suficiente.

Al menos la película mantiene el sello político de la saga, tan presente en los episodios I, II, III. Resulta curioso además que la muy conservadora Disney haya permitido estrenar una película que resulta una gran reivindicación del terrorismo. Una película que no ve con malos ojos derribar las torres del imperio (¿Os suena de algo?).

Desde hace unos meses se corre el rumor de que el primer montaje de la película era el bueno, pero Disney se reveló. Tras ver varias películas de Gareth Edwards mi postura es que quizá lo que intentó Disney es evitar un desastre mayúsculo y que todo quedara en desastre relativo. Siempre habrá quien defienda este simplón capítulo por devoción a una saga que en este momento vive de las rentas. Yo me niego a pensar que todo se ha reducido a una entrega de Los mercenarios sin carisma. Los más exigentes esperamos que el episodio VIII pueda devolver el equilibrio a la fuerza. Para ver tiros me vale Fast & Furious.

 

Escuadrón suicida: DC viene de DeCepción

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Tras la decepción general que supuso Batman v. Superman: El amanecer de la justicia, Escuadrón suicida, con otro tono y otro director (David Ayer) lo tenía todo para levantar a DC. Los trailers prometían humor, acción y una embriagadora dirección artística. Prometía… porque tras salir del cine Escuadrón suicida solo acentúa los problemas argumentarles de una franquicia que parece más preocupada por aparentar que por ser.

No empieza mal la película, dejándose de pajas y relleno para deleitarnos con unos 20 minutos iniciales que se basan en un ágil reclutamiento. Las presentaciones no hacen más que aumentar el tamaño de una burbuja que pronto acabará explotando. Y es que la película no se sostiene. En Batman V. Superman los enemigos no lo eran tanto, y en Escuadrón suicido los malos están muy lejos de serlo.

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El Deadshot de Will Smith es quizá el villano menos interesante de la función, y curiosamente el personaje con más protagonismo y minutos en pantalla. Ese es el precio que ha pagado DC por contar en un actor que prácticamente cuenta sus películas por papeles protagonistas en las mismas. Lo peor es esa forzadísima carga dramática que le viene añadida. En ocasiones parece un repaso por la carrera del actor, con momentos de acción a lo Soy leyenda y pasajes paternofiliales del tipo En busca de la felicidad. ¡Que gran error!

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La que si sale victoriosa en el casting es sin duda Margot Robbie, dando vida a una Harley Quinn para la posteridad. Un auténtico espectáculo en cada una de sus apariciones. Ni siquiera el mismísimo Joker consigue darle la réplica. Y es que en todo en lo que destaca Quinn flaquea el nuevo payaso, el peor que ha dado el cine hasta el momento. Un personaje plano, ñoño e interpretado sin alma por un acomodado Jared Leto. Su interpretación hace más grande a Nicholson, y sobre todo al irrepetible Guasón de Heath Ledger.

Viola Davis, que realiza el papel equivalente a Nick Furia en Los Vengadores, también convence interpretando a una auténtica perra de Satán. Mención aparte merece el mierda-personaje que le han puesto a la pobre Clara Delevingne. Un personaje mitad mujer florero-mitad embrujada que no interesa lo más mínimo. Mención especial a la infrahistoria de su origen a lo Indiana Jones. Todas sus intervenciones provocan vergüenza ajena, y no por su culpa.

Si por algo se salva de la quema total la película es por su tremenda banda sonora, un auténtico espectáculo. The animals, Queen, Rolling Stones, Eminem, Twenty One Pilots… Sin duda la película pisa sobre seguro jugando con clásicos de ayer y de hoy en lo que por momentos parece un gran videoclip. La pena es que todo quede vacío de contenido. Todo el mensaje político que respiraba el interior de Batman V. Superman es enterrado y sustituido por moralina barata de primero de Walt Disney.

Tras este nuevo paso en falso de la franquicia, las expectativas ante la película de La liga de la justicia serán mínimas. Quizá en ese momento Snyder consigue levantarse. La clave del éxito está muy clara: Un buen guión.

13 horas: Los soldados secretos de Bengasi. La historia según Michael Bay

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No quiero convertir este artículo en una carta abierta a Michael Bay, pero solo diré… “Ay Michael Bay, que grande eres”. Le tacharán de megalómano, de superficial, de sacacuartos, pero estamos ante un director único, un autor en lo suyo. Su cine casi siempre es igual. Acción desmesurada, frases grandilocuentes e imágenes ultrasaturadas. Un estilo reconocible, pero muy efectivo.

En 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi se pasa al territorio Kathryn Bigelow, con una recreación de un episodio de supervivencia USA en zona de conflicto. La ex de Cameron es hoy en día el máximo exponente del neobélico en oriente medio. La incursión de Bay sacrifica introspección para centrarse en la acción y en la puesta de escena, y en ese territorio Bay casi siempre destaca. Estamos de alguna manera ante una nueva Black hawk derribado, que sustituye la efectividad de Ridley Scott por el sentido del espectáculo de la marca Bay.

Las acusaciones a la película serán las de siempre: Americanada, patriotismo… Pero lo cierto es que no he visto en 13 horas ese madeinusismo que cierto sector de la crítica quiere vender. Cierto es que Bay no se centra en el horror de la guerra, pero en ningún caso pinta de héroes a los protagonistas, unos soldados que, seguramente como les ocurre a muchos de ellos en la vida real, se han olvidado de sentir y padecer. Ni siquiera aparece el arrepentimiento. Más que del horror bélico vemos la deshumanización interior. Los protagonistas disparan como si estuvieran jugando al Call of Duty.

Interesante también que la acción se desarrolla en 2012, bajo las reglas del nuevo marco internacional y en la época post-invasionista de Estados Unidos, con un Obama menos beligerante que sus predecesores en el cargo. Parece que los soldados USA han dejado en Texas el sombrero de Cowboy y ya no disparan primero, cosa que nunca ocurría en el cine de los 90 y 00, donde una débil amenaza era una llamada a la acción.

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Otro acierto del filme es la apuesta por un reparto sin grandes nombres, liderado por unos efectivos James Badge Dale y John Krasinski. En definitiva, otro buen trabajo para un Bay que mejora cada vez que se aleja de Transformers, aunque no alcanza el nivel que mostró en la divertida Dolor y dinero. Aún nos queda mucho que ver del director angelino.

Bengasi, la verdadera historia

A la película solo le podemos achacar la falta de rigor, puesto que olvida contar que el ataque al consulado estadounidense comenzó como una protesta ante la película antimusulmana La inocencia de los musulmanes. Se trataba de un filme americano que podía verse a través de internet y que causo gran polémica en el norte de África y el suroeste asiático por la imagen caricaturizada que ofrecía de Mahoma. Días más tarde Al Qaeda reivindicó el ataque, un asalto que pudo usar la manifestación como tapadera para ocultar un atentado que coincidía con el aniversario del 11S. Tras los sucesos que muestra la película, decenas de libios se manifestaron para desmarcarse de los grupos radicales del país.

 

 

Spectre: El Jes Extender de James Bond

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Para los no iniciados, el Jes Extender es un mítico alargador de pene que anunciaba la teletienda. Es lo primero que me viene a la cabeza tras ver el último Bond, una película de 80 minutos extendida hasta los 148 por un Sam Mendes con licencia para alargar. Hasta me ha parecido ver hobbits. Hacía tiempo que no iba a mear en mitad de una película.

El último Bond empieza bien, con buenas secuencias durante el día de los muertos en el DF mexicano y con uno títulos de crédito de Top Ten sellados por la música de un inspirado Sam Smith, y no me atrevería a decir que estamos ante una mala película, pero ya he hablado en el primer párrafo de su principal pecado, pero no es el único. Se podría hablar de Spectre como una colección de actores desaprovechados, desde Christoph Waltz a Lea Seydoux pasando por una muy fugaz Monica Bellucci. La brillante idea del malo de malos que encarna el actor alemán es víctima de una película cuyo guión no termina de funcionar.

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Quizá lo más interesante de este willyfoggiano episodio es el uso del metalenguaje bondiano, con un choque de placas tectónicas en el que impactan el bourneizado Bond de los últimos capítulos y el Bond en sentido más clásico. El de Martini con Vodka intenta hacerse camino en lugares en los que no está bien visto beber alcohol. La esencia del cine de espionaje a la antigua usanza se abre paso en un mundo de drones y amenaza ciberterrorista.

Quizá lo que acaba de reventar la cinta es que su predecesora sea Skyfall, indiscutiblemente la mejor película de toda la saga. Y no solo eso, la franquicia Misión imposible también le come terreno. Lo mejor sería un MI6 que cruce a Hunt con el agente británico. Con un “No hay huevos” igual se anima algún productor.