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Un monstruo viene a verme: Solo el buen cine emociona

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Lo último de Bayona lo tenía todo para no gustarme:

  • Película con niño. Los niños en el cine me chirrían, a no ser que exploten la vena de hijoputismo, como en El pueblo de los malditos, ¿Quién puede matar a un niño? o Edén Lake.
  • Siempre critico la búsqueda de la lágrima en el cine. Esto es lo que escribí sobre por ejemplo The imitación game: “Puede que la partitura de Alexandre Desplat no esté mal, pero estamos ante una de esas músicas que intentan guiar todo sentimiento. Imagino a los montadores diciendo… “Mete ese pasaje aquí que el espectador tiene que llorar”. Curiosamente a mi me pasa al revés. Cuando se pretende emocionar con música de llorar me acuerdo de que estoy viendo una película, lo que me descentra totalmente”.
  • Los dramas me dan ‘patrás’. Casi tanto como las películas románticas.
  • El bombardeo de imágenes en la promoción ha sido continúo. A veces en el cine hay sensación de Deja Vu en cada escena con tanta promo. Ya pasó con Ocho apellidos vascos.
  • La acogida en el Zinemaldia fue bastante tibia entre la crítica especializada.
  • La mitificación que la prensa hace de Bayona, un director que solo cuenta con dos películas hasta la fecha: El orfanato y Lo imposible. La primera demostró que había talento. La segunda mostró una gran técnica y optimización de recursos, pero su drama no consiguió traspasarme.

A la mierda, Un monstruo viene a verme me ha encantado. Y sí, he llorado (Y no soy nada de llorar), tanto que la muerte de Mufasa al lado puede considerarse un sketch de Martes y trece. El monstruo ha conseguido derribar todos mis prejuicios con una receta que nunca falla: Buen cine. El resto lo hace J.A. Bayona con ideas claras y una dirección magistral.

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No os fiéis de los que hablan de la película como una copia mala de El laberinto del fauno. La película de Del Toro es digna de recordar, pero no olvidemos que Bayona lo que ha intentando es adaptar lo mejor posible el libro A monster calls de Patrick Ness, que además es guionista de la película. El mundo interior como vía de escape es un tema recurrente en la historia del cine, pero pocas veces ha alcanzado la perfección técnica y artística que muestra Un monstruo viene a verme.

En el apartado interpretativo sorprende lo bien que el joven Lewis MacDougall aguanta los primeros planos. A la Weaver le basta con su presencia para bordar el personaje de severa abuela. Aunque lo mejor de la función es sin duda el monstruo, que en la versión original cuenta con la poderosa voz de Liam Neeson. Debería haber una categoría especial en los premios para este tipo de criaturas. De ese modo este monstruo seguramente se haría con la estatuilla.

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Siempre critico el uso de la música para enfatizar la emoción, pero en esta ocasión se me hace difícil ante la bellísima partitura del getxotarra Fernando Velazquez, al que le bastan un par de teclas de piano para transmitir. Otra categoría que debería llevarse la nominación al Oscar. Y no la única. Película, dirección, dirección artística, efectos especiales y banda sonora merecen ser finalistas en la lucha por la estatuilla.

No solo hay pasión por la historia que se cuenta, hay pasión por el cine, por el arte en general. Ese proyector tan de Cinema Paradiso, las imágenes de King Kong, ese tejo que parece estar sacado del bosque de La princesa Mononoke, el preciosista uso de la animación… Lo de Bayona es amor por el cine. Además la película hace creer en el cine como terapia. Para muchos, casi para todos, es un reencuentro con el dolor. Es difícil no relacionar las situaciones del joven protagonista con nuestra propia vida. Pero a pesar de las lágrimas, este monstruo tiene un elemento cicatrizante: Se llama esperanza. Si desficcionamos un poco (No, no se si existe la palabra desficcionar) veremos a las personas que de modo imperativo nos ayudaron a salir de las arenas movedizas. El mensaje es tan antiguo como el mundo: Siempre hay que levantarse.

El hombre de las mil caras: Luis Roldán, contigo empezó todo

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El escándalo Roldán es uno de mis primeros recuerdos informativos relacionados con la lacra de la corrupción. Su nombre se repetía en el telediario, pero mi juventud me impedía saber que había detrás de ese señor calvo. Aún así tenía claro que no era el que salía en el envase del limpiasuelos. Igualmente sabía que Vera y Barrionuevo no eran una pareja de cómicos, o que Mario Conde más bien debió apellidarse Esconde (El dinero).

La sociedad dormía plácidamente pensando que casos como éste no eran más que excepciones de un sistema en el que de vez en cuando se colaba algún personaje de la picaresca española. Pocos sabían que en silencio se construían los cimientos de una organización criminal que se hacía fuerte aprovechando los mecanismos del poder político. Solo hay que echar un vistazo a la prensa para comprobar que esa organización ha perdurado hasta nuestros días. Lo peor de todo es que España la sigue legitimándolo en las urnas, como si fuera una representación de nuestra propia naturaleza.

Como veis, no son pocas las reflexiones que dejará El hombre de las mil caras, el filme que aporta elementos de ficción a la fuga que articuló Roldán con ayuda del espía Francisco Paesa. Pero hablemos de cine, que eso va este blog (cuando no me voy por la ramas).

Una frase en mi mente al terminar el metraje: “Alberto Rodriguez ya es uno de los grandes del cine español”. Y es que a pesar del gran nivel que muestran los actores, en especial Eduard Fernandez, en este filme el director es la estrella. Recuerdo leer le noticia de que Rodriguez había optado por este proyecto y pensar en su osadía y en la tremenda hostia que podía pegarse ante la dificultad del material. Hoy solo reitero lo de valiente, porque Rodriguez lo ha vuelto a hacer. Hay thriller, hay cine negro, hay cine de espías… pero sobre todo hay buen cine.

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El guión, del propio Rodriguez y Rafael Cobos, es otro de los puntos fuertes. Era demasiado fácil caer en el amarillismo o en la crítica implícita, pero la película evita pararse a juzgar o revolcarse en el lodo del escándalo. También funcionan a la perfección la (de nuevo) excelsa fotografía de Álex Catalán y la magnífica banda sonora de Julio De la Rosa. Si eres bebedor ocasional de Jaggermeister has de saber que la película incluye además la escena más lúcida sobre los efectos del licor alemán en el corto plazo.

Durante el visionado me han venido a la cabeza dos títulos cercanos a este hombre de las mil caras: La compleja El topo, de Tomas Alfredson, y Munich de Steven Spielberg, uno de los mejores títulos de su filmografía reciente.

Da gusto ver que el cine español se atreve con la historia reciente. La Gürtel, Marbella, la Operación Puerto… Hay material de sobra en este sistema putrefacto. Y Alberto Rodriguez demuestra una vez más que también hay talento. Por lo pronto, se intuyen no pocas nominaciones a los Goya.

Tarde para la ira: Venganza en plato templado

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El actor Raúl Arévalo ha dado el salto a la dirección con Tarde para la ira, una historia de venganza ambientada en la otra España, la que se encuentra alejada del centro de la ciudad, la España agreste y salvaje.

La película ofrece una cruda historia de venganza que poco tiene que ver con  el efectismo de Park Chan Wook (Old Boy, Simpathy for Lady Vengeance) o Quentin Tarantino (Kill Bill I y II). Para asegurarse el éxito, Arévalo ha contado con Antonio De la Torre, todo un seguro de vida. En esta ocasión da vida a un personaje parco en palabras y con muchas líneas interiores, su enésima contención.

La película gana en sus cuartos más sucios y oscuros, en los bajos fondos, y sube un escalón cuando aparece la violencia. También funcionan sus salidas de tono, con esos mafiosos de barrio sacados del cine quinqui o esas vecinas de pueblo tan de Espejo público. El uso de la cámara resulta todo un acierto, desde el potente plano secuencia inicial al seguimiento de personajes tan del cine de Darren Aronofsky.

Entre los puntos negativos encuentro el empecinamiento de Arévalo por parecer un autor. El alargue de algunos planos parece impostado. Contrasta con la naturalidad y crudeza de la mayoría de metraje. Ese intento de trascender resta autenticidad a un filme que no necesitaba aire. Quizá por ello sus 92 minutos no pasan todo la rápido que debería.

A pesar de todo esto, el debut de Arévalo (No me refiero al de los chistes casposos) es prometedor. Con este largo se asegura una segunda película en la que podamos ver si además de buenas referencias al Peckinpah de Perros de paja hay talento. De momento no pinta mal.

 

Cien años de Perdón: “Disculpen las molestias, pero esto es la Valencia del PP”

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El personaje del “Uruguayo”, interpretado magistralmente por Rodrigo De la Serna, entra en un banco valenciano ataviado con una máscara deportiva, al igual que sus compinches. Una vez allí explica con efusividad y educación a los clientes la nueva situación: “Señores y señoras, disculpen las molestias pero esto es un atraco”. Esa frase, aparentemente simple, refleja muy bien el proceder de los bancos en la España de los desahucios. En traje, con educación, y con la efusividad del vendedor de mercadillo vendieron preferentes durante las vacas gordas. Ese traje y esa educación que en ese pasado reciente era el uniforme de la “confianza” de las entidades bancarias. Con ese mismo look nos ofrecían hipotecas para el coche, para las vacaciones, o como dijo un obrero de la construcción en un Salvados “hasta para irte de putas”. Con ese mismo look convencieron a muchos para “meterse” en la casa que hoy les quitan. Y todo esto a cara descubierta, con el antifaz transparente de la impunidad. La diferencia es que a sus clientes nadie vino a inyectarles dinero cuando lo necesitaron.

Cien años de perdón es la Plan Oculto española. Cierto es que la dirección y la puesta en escena de Daniel Calparsoro está por debajo de la de Spike Lee. Quizá lo que le falta para llegar a ese nivel se ve compensado con la gran radiografía de la España de la corrupción. Proponemos venderla en pack con el otro gran título de robos durante la crisis española, la muy lúcida El mundo es nuestro.

Tampoco resulta casual que la trama se desarrolle en un banco de Valencia, lugar donde el Partido Popular podría considerarse (si no se considera ya) una auténtica organización criminal. Los intentos de los políticos que aparecen en la película para intentar ocultar la mierda se parecen demasiado a los que estos días ha llevado a cabo el PP para blindar a Rita Barberá.

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Además, la película es también el Show del argentino Rodrigo De la Serna, con un personaje para la historia del cine español. Todo carisma. Es como si el Tano Pasman se hubiera pasado a esto de los grandes “negocios”. Esto relega a un segundo plano a Luis Tosar, que aunque sigue teniendo presencia no está a la altura de sus mastodontes papeles habituales. Es un problema que se extiende a todo el ramillete de personajes secundarios, todos demasiado planos, aunque los buenos momentos cómicos del torpe asaltante que interpreta Joaquín Furriel, (una suerte de Jesús Castro) ayudan a que la película no se acabe tomando demasiado en serio a si misma, lo que juega en favor del relato.

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El guión no es perfecto, y quizá se echan en falta algunos de los trucos habituales del cine de robos. La película no va en ningún momento por delante del espectador, como si temiera meterse en más jardines de los que lo hace. Aún así Cien años de Perdón es un muy digno entretenimiento por encima del nivel medio de los títulos americanos que nos suelen llegar en este subgénero. Eso si, si buscas evasión no es tu película, todo lo que sucede en ella está pasando.

Regresión: El legado del hombre del saco

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Soy muy de Amenabar, uno de los cineastas que me hizo cinéfilo en plena adolescencia gracias a dos películas: Tesis y Abre los ojos. Más tarde disfruté con Los Otros, pero menos de lo que he disfrutado revisionándola, quizá porque en esos días El sexto sentido me pilló demasiado cercana en el tiempo. Desde esos tres primeros filmes el director no me ha vuelto a emocionar. Tras ver el trailer de Regresión recuperé la esperanza de volver a encontrar al genio de aquellos días, esperanzas que se han desvanecido a la salida del cine. Reconozco que me entusiasma la idea y el sentido de su última película. ¿La pena? La ejecución.

La acción se desarrolla en un pueblo de Minessota. Un policía intenta resolver un caso de abusos a una menor ayudado por un psicólogo, que aplica terapias de regresión en los interrogatorios. Tirando del hilo los investigadores se encontrarán con una trama de tintes satanistas.

Argumento totalmente de mi gusto. El problema es que a Amenabar se le cala el coche y tarda más de una hora en arrancarlo. Hasta entonces todo es demasiado gris y acartonado, interpretaciones incluidas. Ni Hawke ni Watson ni Thewlis aparecen en su mejor versión. En buena parte por culpa del guión. La relación Hawke-Watson es increible, y no en el sentido “GUAUUU”, si no en el de “No se la cree ni Cristo”. Y esto no es lo peor del guión de Amenabar, que parece en sus primeros minutos el relleno de un disco. Una auténtica cara B de su filmografía.

Por suerte a la salida del cine el sabor de boca no es tan malo. La película gana cuando Amenabar explica (y re-explica) lo que de verdad nos quería contar, de largo lo más interesante del filme. En este caso no es lo bueno el Qué ni el Cómo, si no el Por qué. Lo explico más adelante, en el apartado *Spoiler.

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Esperamos que el director nacido en Chile no se obsesione en exceso con esta película fallida y pueda afrontar un nuevo proyecto sin la sombra de la derrota. Esto que parece simple se antoja básico para volver a realizar una obra trascendente.

*Spoiler (Si no has visto la película mejor pasa de este párrafo)

Se nos habla del origen de nuestros miedos. De como todo lo que tenemos al alcance puede sugestionarnos. Del cine a los libros, pasando por cuarto milenio o las historias de terror de los campamentos. Si nadie nos hubiera contado la historia de la chica de la curva jamás nos parecería verla en ese trayecto nocturno. Si no nos hablaran de muertos vivientes no nos daría mal rollo un cementerio. Y lo hace poniendo el caso real de las regresiones.

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Amenabar hace un guiño de cinefilia al desvelar el misterio, concretamente a El exorcista y El resplandor. Esa cara blanca tan de los flashes de la película de Friedkin y esa sangre bajo la puerta tan “ascensores del hotel Overlook”. Lástima que estos destellos solo sean eso.

 

 

 

Alejandro Amenabar: Una vida dedicada a la muerte

Nunca había reparado en ello, pero viendo Los otros en televisión, en programa doble con Mar adentro, me di cuenta de cual era el objeto de análisis en la carrera de Alejandro Amenabar. Detrás del genio se encuentra un denominador común un tanto siniestro. Os lo explico película a película.

Tesis: La muerte como parque de atracciones

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La película exprora desde los ojos de Ana Torrent el sentido “lúdico” de la muerte, la violencia por diversión. Lo hace a través de películas gore y snuff movies, que pronto traspasan la pantalla para incorporarse a la acción de la cinta. Para el recuerdo esa escena final en la que el antagonista (no desvelo nombre por si aún hay quien no lo ha visto) sugiere la idea de usar la mano de la Torrent como peineta. Aunque el mejor ejemplo de lo que quiero mostrar Amenabar está en ese inicio en el Metro. Una fantástica síntesis de la película.

Abre los ojos: La muerte es sueño

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El juego de suspense de Tesis pasa a ser un juego sobre lo real o no. ¿Vida, muerte, sueño? Amenabar se atreve a pasar con ingenio la frontera en un auténtico salto al vacío para el cine español. El resultado, una obra maestra sobre la evasión de la muerte, la vida eterna.

Los otros: La muerte como forma de vida

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La ambición de Amenabar es ilimitada. Primera película en inglés y con una estrella de la talla de Nicole Kidman. Quizá su película más redonda. Una vuelta de tuerca al género de fantasmas y casa encantada sin perder la vista a los clásicos. La muerte como ente fantasmal, sin sábana ni cadenas.

Mar adentro: El derecho a una muerte digna

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Amenabar dejó la ficción de lado para contarnos a su manera el camino hacia la muerte de Ramón Sampedro en tono de fábula. El resultado, un Oscar a la mejor película de habla no inglesa para un director que sin duda merece tener uno.

Ágora: La muerte en sentido épico

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En Ágora Amenabar nos mostraba los peligros del fanatismo religioso, que ha puesto en peligro la vida de mentes brillantes de la época. La muerte en Ágora es una muerte lírica, una muerte con la que empieza la leyenda de Hypatia.

[•REC] 4: Apocalipsis. Momento de [•REC]apacitar

La noticia del futuro lanzamiento de [•REC] 3 y [•REC] 4 supuso una tremenda alegría para los fans de la que ha sido la franquicia zombie española con más adeptos. Tal fue la expectación levantada que la entretenida y desacomplejada tercera parte supuso una ligera decepción para muchos, entre los que me incluyo. Aún así había grandes esperanzas en REC 4, el ansiado capítulo de calle, el que iba a abandonar la historia de escalera de las dos primeras entregas para trasladar la plaga a una gran ciudad.

Manuela Velasco retomaba el personaje de Ángela Vidal, el que la ha convertido en la scream queen española, en un icono con camiseta blanca y alguna gota de sangre, lo cual no hacía más que engrandecer la expectiva. Pero la esperanza cayó en picado cuando nos enteramos de que esta cuarta entrega se desarrollaría en un barco. Adiós a la alternativa española a Resident Evil: Apocalipsis o Guerra mundial Z. Y mal empiezas cuando no le das al fan lo que demanda. Por lo que tengo entendido, la ciudad era la primera opción, pero una Barcelona zombie era una utopía presupuestaria. Aún así no hay tres sin cuatro, y me enfrento a la cuarta parte con la esperanza puesta en Balagueró, un auténtico dominador del género.

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La primera media hora nos sirve para comprobar que en este capítulo final también encontramos un acierto que se ha repetido en cada película de la saga, el de ofrecer interesantes secundarios. Mención especial a la superviviente del bodorrio. También encontramos alguna situación descacharrante, como ese mono que pasa por cordero gracias al esmero del chef. El mix de fun terror siempre ha funcionado.

La película pierde fuelle a mitad de metraje, cuando poco a poco [•REC] se va convirtiendo en algo convencional, en una película típica de zombis y carreras. De ahí al final tan solo algún momento gore reseñable hace que mantengamos la atención.

Por el camino, la película explora en su propia leyenda para intentar darnos algunas claves sobre el origen de la infección, pero acaba fracasando en esta misión. El guión es posiblemente lo más descuidado en esta entrega, aunque cuente con algún retrodetalle que los fans sabrán apreciar.

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Reconozco que he disfrutado, y a pesar de ser quizá el episodio menos inspirado considero que esta [•REC] está  lejos de ser una mala película. Sí, se la pueda acusar de convencional por meterse en senderos habituales del género en lugar de agarrarse a su propio lenguaje, pero mantiene la buena fotografía y estética que han sido punto fuerte de la tetralogía. Otras sagas, como por ejemplo Saw, han tocado un fondo al que creo que [•REC] no se ha acercado.

Dicen que no habrá más tras esta cuarta entrega, y es una pena que esto no termine por todo lo alto. Aún así nos hemos divertido con cuatro películas que cuentan con una buena legión de fans, y no solo en España, también en Francia, Alemania o Estados Unidos. No estaría nada mal unir fuerzas y crear una potentísima quinta entrega.

MATICES EN SPOILER (No leer si no has visto la película)

He detectado cierta incoherencia en el personaje de Ángela. No se comprende ese histerismo y esa mala hostia desde el primer minuto. En todo momento encontramos en ella algo sospechoso. El espectador es consciente de ello, pero hacia el final descubre que Ángela no lleva el huesped dentro, por lo que me pregunto… ¿Por qué se comporta como si fuera otra persona?

La segunda gran pregunta sería… ¿Por qué este cuarto capítulo lleva “Apocalipsis” en el título? En ningún momento parece el final, y vemos en el último plano que ese caos no se ha hecho efectivo. ¿Habrá quinta entrega? Quizá metan la saga en la nevera unos años, pero visto lo visto no es nada descartable, al menos argumentalmente.

Magical Girl: La puerta del largarto negro

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La Concha de Oro y el visionado de Diamond Flash habían subido y mucho las expectativas (y las ganas) de ver Magical Girl. No voy a tardar en resolver la incógnita. Magical Girl es una obra maestra. Algunos dicen que se utiliza este término con suma facilidad, así que lo voy a repetir: MAGICAL GIRL ES UNA OBRA MAESTRA. La sensación de haber pagado por ver una buena película, que además es española, es muy gratificante.

Su director, Carlos Vermut, ha conseguido en apenas dos películas ascender hasta la primera división del cine español. Lo ha hecho arriesgando, sin ocultar influencias, y dotando a sus películas de una gran personalidad. El director demuestra que se puede escribir un guión con silencios, silencios que hablan, sin que el ritmo se vea afectado. Al igual que Diamond Flash, a Vermut le bastan cinco minutos de película para que sepamos que estamos ante un talento puro.

Magical Girl pertenece al subgénero “vidas cruzadas”, así es como convergen un parado con una hija enferma, una mujer con problemas mentales y un profesor de matemáticas. Ellos son las piezas de un rompecabezas en la que el espectador está invitado a participar. Pero tranquilos, que no estamos ante una comedura de tarro extrema. Se entiende bien lo que la película nos quiere contar. Lo que no nos cuenta ya es cosa de cada uno.

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Tras el visionado me vienen varias influencias a la cabeza: Eyes wide shut de Kubrick, Carretera perdida de Lynch y Espejo público de Susana Griso. Delirante la referencia a la guerra de escalera de las famosas vecinas de Valencia. Vermut juega con eso, con no caer en el sensacionalismo de la crónica de sucesos, en no mostrarnos la sala del morbo, aunque ganas no nos falten.

Los actores están totalmente inspirados. No es extraño en un animal como José Sacristán , pero sorprende en una espectacular e inquietante Barbara Lennie a la que nunca habíamos visto igual. Uno de los mejores personajes femeninos de la historia reciente del cine español. Luis Bermejo también rinde a gran nivel en su papel de “padre ¿coraje?”.

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La película no obvia el trasfondo social de la España de hoy, la España de la desigualdad en las que a muchos no les queda otra que perder la dignidad por dinero. Vermut nos muestra el chantaje socialmente aceptado al que se ve sometido el ciudadano medio por parte de la clase dominante. Una España de toros y toreros en el que los más débiles viven hasta desangrarse.

En definitiva,  Carlos Vermut ha dado un paso adelante en su segunda película, la que siempre suele ser más complicada. Ha dirigido su primera obra maestra y una de las mejores cintas españolas desde que superamos la barrera del 2000. Merecidísima Concha de Oro que ha revalorizado el galardón. Ya estamos deseando tomarnos el tercer Vermut.

La isla mínima: Aves migratorias

La isla mínima no es un hype, en un peliculón. Siempre me he mostrado muy contrario a la creencia de que el cine es una ciencia exacta, pues practicamente no hay nada más subjetivo que el séptimo arte, pero la calidad de La isla mínima es, a mi juicio, algo incuestionable. No recuerdo ahora mismo una película española que supere a nivel fotografía al trabajo que realiza Alex Catalán en esta isla. La película tiene planos grandiosos que aún no han abandonado mi retina. La imagen de los patos en el interior del auto mientras aparece el primer cadaver, la acción tras el parabrisas, los impresionantes planos aéreos iniciales… Para mi, La isla mínima marca el Teide fotográfico español.

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Estamos ante una historia negra de la España postdictatorial. Alberto Rodriguez ya demostró en Grupo 7, cuya acción se desarrollaba en la Sevilla de la Expo 92′, que le gusta la historia reciente como telón de fondo. En las marismas del Guadalquivir, dos policias investigan la desaparición de dos niñas, encarnados por Raúl Arévalo y Javier Gutierrez. Cada uno representa a una España. Arévalo representa a la emergente izquierda, que se levanta con fuerza tras la dictadura. Gutierrez hace lo propio con una derecha condenada a adaptarse a la nueva situación. Con el transcurso de la acción veremos a la izquierda utilizando métodos de la derecha, una situación que a dia de hoy nos suena a todos. Inevitable no recordar la última película que entró en ese juego de espejos de los dos bandos, la enorme Balada triste de trompeta, de Álex De la Iglesia.

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El duelo interpretativo entre Arévalo y Gutierrez  alcanza el notable, si bien es este último el que destaca por encima del resto de actores. Clava a su decadente facha aficionado al alpiste, que por momentos se convierte en Tejero para decir “¡Se sienten coño!”. El que sigue sin levantar cabeza es Jesús Castro, al que no le vendrían nada mal unas clases de dicción.

Las comparaciones con la serie True detective son inevitables. Todo parece indicar que la película ya estaba rodada antes de la explosión de la serie, pero sus paralelismos son numerosos, tanto a nivel realización como en el lado oscuro de los personajes. La mayor diferencia es que la película de Rodriguez nunca pretende alcanzar las cotas de existencialismo de la serie de Fukunaga. La sombra de la duda. lamentablemente, perseguirá a la película. Aunque no haya inspiración ni plagio, la mera existencia de True detective penaliza a La isla Mínima.

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En definitiva, estamos indudablemente ante una de las mejores películas españolas de los últimos años. Rodriguez sigue creciendo película a película, quitándose ese corsé que aprieta al cine made in Spain. No me queda más que recomendarla.