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The Square: Un palazo en la cara a tus prejuicios

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Era cuestión de tiempo. Tras Involuntary, Play y Fuerza mayor, el momento en el que Ruben Östlund se sacara la chorra iba a llegar más temprano que tarde. El director sueco se alzó con la palma de oro del Festival de Cannes gracias a The Square, un trabajo que recopila lo mejor de su cine. Un golpe maestro al sistema de bienestar.

La película sigue los pasos de Christian, un afamado “barón Thyssen” del arte contemporáneo que prepara una misteriosa exposición titulada ‘The Square’. En pleno proceso, Christian sufrirá un robo en la calle que marcará el devenir de la misma. La sátira es el vehículo principal en una película que obliga al espectador a reflexionar en todo momento sobre lo que se muestra en pantalla. Aunque la etiqueta de la comedia sea la más adecuada, The Square está lejos de ser una comedia al uso.

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Inicialmente, la película pone en cuestión el arte contemporáneo con una interesante pregunta. ¿Sería una pieza de arte cualquier cosa que coloquemos en un museo de arte contemporáneo? Como ejemplo se pone el bolso de una periodista. Plantea la duda, pero The Square aparca este tema para dar paso a otro, el más recurrente de la filmografía de Östlund: La desidealización del estado de bienestar. El director ya demostró en Play ser un auténtico especialista en enfrentar a las clases pudientes con las necesidades de la población en riesgo de exclusión social. Pero más que de arte o diferencias sociales The Square es una película que habla de los prejuicios, la gasolina que llena el depósito de la diferencia entre clases. Östlund mete el dedo en la herida con un descaro que hasta el momento no habíamos visto en su cine.

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El actor danés Claes Bang realiza una de las interpretaciones del año dando vida a Christian, un personaje público a punto de ser engullido por la realidad real. Los secundarios responden muy bien, especialmente Elizabeth Moss y un brutal Terry Notary, que realiza una breve interpretación de la bestia humana que ya es historia del cine. Su escena, bien podría ser una revisión de la célebre escena de los monos simios de Stanley Kubrick. Un paso en la escala evolutiva, pero no sabemos si hacia adelante.

The Square se desarrolla durante unos exigentes 142 minutos en los que no hay tregua para el espectador. Estamos ante una película a la altura de su Palma de Oro, el galardón más importante que se puede entregar en el mundo del cine. Posiblemente la mejor palma desde La vida de Adele en 2013. No estamos ante una película para todos los públicos, pero los valientes que se acerquen a ella podrán ver cual es la dirección correcta en la que avanza el séptimo arte.

 

 

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La vida de Adele: El Azul es un color cálido. Capítulos 1 y 2. La adolescencia en 180 minutos.

Reconozco que ver hoy en el día una película de 180 minutos sin hobbits ni nada de eso es cuando menos arriesgado. Aún así me he acercado al cine atraído por las buenas críticas, la polémica y el peso de un galardón llamado Palma de Oro en el Festival de Cannes. Aunque la Palma de 2012, titulada pretenciosamente Amour (Amor y encima en francés) me pareció un tostonazo light de dimensiones Hanekianas.

Comienza la película y ya vemos por donde va a tirar el director franco tunecino Abdel Kechiche. En los primeros minutos observamos el uso y abuso del primer plano, molesto por repetición, pero cuando dejamos de ser conscientes y nos acostumbramos Kechiche ya nos tiene donde quiere. A partir de ese momento seremos Adele, comeremos espaguetis como come Adele, Beberemos vino blanco como bebe Adele, nos enamoraremos como se enamora Adele e incluso follaremos como folla Adele. ¿Y quién es Adele? Adele es simplemente una adolescente de 17 años. Ni tiene superpoderes, ni la ha mordido un zombie ni se transforma en mujer lobo, Adele podría ser cualquiera de nosotros. A la película se la podría acusar de no contar ningún hecho extraordinario, pero esa es precisamente su virtud. Si lo que buscan es una gran hazaña pueden apostar por el Capitán Phillips.

Como testigos de su intimidad leeremos en imágenes las páginas de su diario y viviremos su despertar sentimental y sexual. Esto incluye las escenas de sexo explícito más realistas y auténticas jamás filmadas. La primera de ellas es un gran ejemplo de lo que suele ser esa primera vez, posiblemente la mejor pérdida de la virginidad de la historia del cine. Lo siento por todas esas pelis de baile de fin de curso y pim pam pum.

La vida de Adele beso

Las actrices están espectaculares, en especial la protagonista Adèle Exarchopoulos, sencillamente antológica. Si no la vemos recogiendo el oscar será un clarísimo #RoboaAdele. Desprende realidad en cada gesto, en cada impulso, en cada lágrima.

Sobre su excesivo metraje comentar que no se me hizo cuesta arriba. Incluso da la impresión de que La Vida de Adele da para una versión extendida, puesto que deja a personajes y situaciones al margen del metraje. Se centra en su protagonista dejando de lado las vidas paralelas.

Pero no os penseis que estamos ante un simple despertar, en la película también hay drama, y dolor, mucho dolor, acompañado de desesperación. El no saber que hacer cuando las cosas se ponen cuesta arriba es otro de los rasgos típicos de la adolescencia, sinónimo de inexperiencia. Y es que cuando las cosas van bien, por desgracia, nadie te explica que después pueden ir mal, y que del primer golpe cuesta más levantarse. Por suerte Kechiche lo ameniza haciendo bailar a Adele, especialmente entrañable en este apartado. Sin demasiado ritmo, a veces con alegría, otras con tristeza, pero siempre dispuesta a bailar. Que es la adolescencia si no una época de baile continuo. De los temas que aparecen en la película seguramente recordareis este: “I follow rivers”, de la sueca Lykke Li.

Desconfiad de las críticas que se centren su discurso en la homosexualidad. Huíd de las que utilicen la palabra bolleras. Adele habla de dudas, de una búsqueda de la identidad sexual, pero no es una película de cine gay, ni por ni para homosexuales, es simplemente una historia de amor.

Incidencias durante el metraje:

Abandonaron la sala una decena de personas. Un anciano se hinchó a reir durante la ya célebre escena de sexo lésbico de diez minutos. Acto seguido se marchó del cine. Una señora decidió compartir su crítica con el resto de asistentes al dejar el cine con un sonoro… “Qué coñazo”.  A pesar de esto, La vida de Adele es una obra incontestable.